Charlie tocó a la puerta dos veces. Nada, silencio. Espero oír algunos pasos, alguien que le abriese la puerta... pero nada. Tras pasar unos minutos plantado en frente de la puerta de su casa, recordó que no había nadie que le pudiese abrir, Marie y John estaban de compras por el centro de la ciudad. Sacó perezosamente las llaves de su bolsillo y abrió la puerta. La casa se encontraba silenciosa. Era una casa bastante grande, como todas las de la zona, clara y con muebles modernos y vanguardistas. A John le encantaban los muebles de último diseño, él era decorador y cada no mucho tiempo hacia un lavado de cara a su casa. Sus hijos ya se habían acostumbrado al olor a nuevo y a la pequeña incomodidad que producían los muebles nuevos.
Aquella era su casa, la casa que siempre le reconfortaba, se sentía bien cuando traspasaba sus paredes. Era su hogar aunque cambiara tanto, era su verdadero hogar.
Pero, esta vez, no sintió nada de aquello. Estaba confuso y algo asustado. Estaba acostumbrado de que todas las chicas se rindieran a sus pies, era su especialidad, nunca había sido rechazado. Sentía un gran sentimiento de tristeza en su interior. Tampoco había tenido aquella sensación antes, aunque no había tenido oportunidad de sentirla en sus carnes. También sentía grandes cosas por aquella chica, cosas que nunca había sentido por otra. Subió a su habitación, cerró la puerta y puso su equipo de música a todo volumen. Se tumbó en la cama, esperando despejar su mente.
La noche apareció como cualquier día, el cielo se oscureció por completo, dejando atrás aquel lila rosado. En la casa de Evangeline estaba todo en silencio, parecía que no hubiera ningún alma. Pero, allí estaba ella, encogida en un rincón, mejor dicho, “su” rincón. Se encontraba en el pasillo del segundo piso, en un pequeño armario que estaba en una esquina, un armario que tapaba un pequeño agujero que daba a una especie de almacén oscuro. Allí estaba ella.
No quería salir de allí, se sentía realmente avergonzada, ¿qué había estado a punto de hacerle a aquel chico? ¿Acaso... no podía cumplir su promesa?
Se sintió fatal, ella sabía que podía conseguirlo, ella sabia quw podía ser algo más, no solo ser arrastrada por sus instintos y hacer lo que le obligaban a hacer, debía ser fuerte.
Mientras se daba ánimos, recordó la pequeña conversación que habían tenido su hermano y ella.
>>- Evangeline, -susurró Sebastian, entrando sigilosamente a la habitación- ¿quién era ese chico?
- Nadie. –Respondió bruscamente ella, con los ojos fijos en la ventana. Pasaron unos muy incómodos, era normal entre aquellos hermanos. Él suspiró y ella respondió, intentando tranquilizarlo -Sólo era un compañero de clase.
- Entonces si que era alguien –concluyó el hermano. Se acercó a su hermana, posando su mano en su hombro.- ¿De verdad quieres seguir con esa estupidez? Aquel chico era una buena oportunidad...
- Yo no soy como tú –dijo con seriedad Evangeline y se giró a él.- Y lo sabes muy bien.
Él cogió a su hermano por los hombros muy fuerte, acercándola a él.
- Tú eres más como yo que como ellos, debes de metértelo en la cabeza de una vez. – El rostro bello de Sebastian se crispó, pero aún seguía hermoso. Suspiró profundamente y se dirigió hacia las escaleras con sus perfectos andares. -Haz lo que quieras, pero nunca lo conseguirás, Evangeline, es una simple leyenda, nadie lo ha conseguido y nadie lo conseguirá.
- ¡¿Y tú cómo sabes que nadie lo ha conseguido?! –su voz llegó al menos hasta dos octavas más alta.
Los hermanos se miraron, furiosos y desviaron la mirada. Sebastian miró por la ventana y vio como oscurecía.
- Hablaremos de esto luego –concluyó él.
- No tenemos nada que hablar, sabes perfectamente que no funciona nada que te comportes como si fueras mi padre, ni siquiera eres mi verdadero hermano.
El rostro de Sebastian se crispó todavía más y fue, en un visto y no visto, se tiró encima de ella, y la estampó contra la pared, aguantándola por el cuello. Evangeline, sin darse cuenta de nada hasta que notó la pared en su espalda, estaba con los ojos abiertos completamente mientras intentaba zafarse de aquella dura mano que le aplastaba.
- P-p... pa-para... ¿q-que te crees que estás ha-haciendo? –preguntó a duras penas.
- Intento enseñarte que no debes hablarme así.
- Suelta-me... si se enterara Patrick estarías acabado... –dijo Evangeline con una pequeña sonrisa.
- Igual que si se entera él que no estás tomando sangre humana... se sentirá muy decepcionado contigo –contraatacó Sebastian, apretándola un poco más contra la pared. Ella soltó un pequeño gemido.
- ¡Suéltame! ¡Así estamos en paz, ¿no?! Yo no le digo nada y tú no le dices nada... Así no es como deben comportarse los hermanos...Él giró la cabeza y la dejó caer. Cayó al suelo y se quedó ahí, sin moverse del sitio, tocándose delicadamente el cuello dolorido. Sebastian salió por la puerta. Ya era casi completamente de noche, las pocas estrellas se podían ver. Evangeline miró temerosa por la puerta, sintió miedo, nunca le había visto así.>>
Poco a poco, Evangeline taba como sus párpados se iban bajando y bajando... los encontraba muy pesados, pero a la vez no se sentía cansada, estaba nerviosa, estaba... sedienta. No, tenía que aguantar, da igual lo que pasara, tenía que aguantar...
Sonó el móvil, despertando a Charlie. Se movió bruscamente y se levantó rápido. Estaba confuso y sudando, había tenido una pesadilla terrible... Recordó lo que le había despertado... el móvil, ¿dónde está el móvil? Rebuscó entre las sábanas hasta que lo vio encima de la mesilla de noche. Miró el número, era Mike, ¿qué quería?
- ¿Mike?... ¿Qué quieres a estas horas? –preguntó con voz soñolienta.
- ¿Estas horas? ¡Sí son las ocho de la tarde! Venga, ven a mi casa que está aquí Dean.
- ¿A tu casa? La idea parece atractiva pero con tu hermana por ahí... mal royo.
- No te preocupes... no está, ha salido con unas amigas.
- Madre mía... y el primer día de colegio y saliendo por ahí –dijo Charlie con sarcasmo.
Se escuchó una carcajada de Mike.
- Baah, pero mejor, ¿no?
- Claro, ahora mismo voy para allá.
Colgó el teléfono y se levantó rápidamente. Se giró y vio su cama arrugada, pasó las manos por encima de las sábanas para dejarla algo presentable, aunque no lo consiguió. Pasó de hacerlo y abrió la puerta,... cuando se encontró con su hermana pequeña con unas gafas raras puestas.
- ¿Adónde vas? –preguntó, mientras se bajaba las gafas hasta la nariz. Charlie la miró con cara rara.
- Me voy a casa de Mike, ¿por?
Marie se volvió a colocar las gafas y empezó a dar un pequeño paseito por el pasillo. De un lado a otro, de un lado a otro...Charlie suspiró, se estaba cansando de los numeritos de su hermana.
- Bueno, me voy... que te vayan bien... –dijo mientras esquivaba a Marie- ¡ah! Y recuerda, quítate esas gafas tan feas cuando bajes por las escaleras, si no, te vas a caer seguro. –Y salió corriendo, bajando las escaleras a toda velocidad y saliendo disparedo por la puerta.
- ¡Eh! ¡Espera! –dijo persiguiéndole, pero su hermano era más rápido... se rindió y se quedó en la puerta. -¡No son feas, son las de Luna!
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miércoles, 2 de septiembre de 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
Capítulo 4 : Beso y oscuridad
Evangeline llegó a la puerta de su casa. Metió las llaves por el cerrojo y la abrió.
El interior de su casa estaba todo oscuro y se escuchaban algunos ruidos de gente hablando y risas. Después escuchó la voz de su hermano.
- Están todos locos –murmuró Sebastian mientras miraba la tele.
- Hola, –saludó Evangeline al ver a su hermano en el sofá, cómo esa misma mañana- ¿te vas a dignar a salir fuera o te quedarás aquí?
- Saldré después, cuando sea de noche.
Evangeline puso los ojos en blanco y dejó caer su mochila a su lado, se sentó en el sofá y miró la tele sin observar nada.
- Nadie te obligaba a venirte conmigo. –Susurró ella.
- Era mi deber, como hermano mayor, y si no fuera por mí, no tendrías dinero.
- Podría ganarlo,-dijo levantando el volumen de voz un poco y girándose hacia su hermano- ... trabajando como hace la gente.
- Exacto, como hace la gente.
La habitación se llenó de un silencio algo incómodo que sólo lo rompía la televisión encendida.
Evangeline se levantó del sofá y se acercó a la ventana más próxima, cerrada con las cortinas y la persiana. Toda la casa estaba oscura menos por la leve luz del televisor.
- Creo que ya va siendo hora de que te acostumbres a la luz del sol...
- ¡Ni se te ocurra! –bramó Sebastian- ¡Cómo lo hagas...!
- ¡Es por tu bien! ¡Si no, nunca encajarás, ni te relacionarás!
- No lo necesitamos, al menos, con ellos no.
Los hermanos se miraron con el ceño fruncido hasta que la hermana se dignó y se fue escaleras arriba, a su habitación.
Se tumbó en su cama, con las sábanas perfectamente dobladas encima y se quedó allí, pensativa. Pensaba en aquel extraño chico y también pensaba en lo que había pasado aquel día. Ella sólo quería pasar desapercibida, ser “normal”, pero, tenía la sensación de que a partir de ese día no iba a ser igual.
En el instituto, Charlie se preparaba para la selección del nuevo equipo de fútbol. Se escuchaban gritos de algunos chicos en los pasillos, pero él se encontraba sólo en el vestuario. Estaba pensando mientras miraba a la nada, divagaba en los hechos ocurridos aquella mañana. Al pensar en Evangeline se sentía... feliz, sentía como unos deseos dentro de él, quería verla, tenía que verla. Ya tenía un plan y una excusa para verla.
Los gritos aumentaron y por la puerta del vestuario se asomó Mike.
- Tío, sal de aquí, que ya es la hora de la selección.
“Nunca más...”
Evangeline repitió en su cabeza aquellas palabras. Se recostó sobre la cama y dejó su ejemplar de “El cuervo” en su mesilla de noche. Poe era su escritor favorito, sus relatos la sacaban tanto de su mundo que olvidaba lo que era. La transportaban a su mundo y cuando acababa de leerlos, sentía como se “moría” y “revivía” en el mundo real. A veces deseaba que las historias nunca acabasen, pero era imposible. Estaba aún en su estado de “muerte” cuando escuchó un leve sonido. Tardó bastante en comprender de donde provenía aquel sonido. Su hermano se asomó a la puerta, alejándose de la luz que emanaba la ventana.
- Evangeline... han tocado el timbre.
¿Habían llamado? ¿Quién había llamado? Nunca nadie había llamado desde que se habían mudado hace 3 semanas. La gente huía de aquella casa, les daba miedo. Todas las puertas y ventanas cerradas, y sólo salía una persona de aquella casa. Los ancianos de los alrededores ya se inventaban historias cómo que ella había matado a toda su familia y tenía los cuerpos encerrados en la casa, lo bueno era que en aquella calle sólo vivían ancianos y no ningún alumnos del instituto que pudiera contar aquellas historias.
Evangeline bajó de su cama, descalza y bajó lentamente las escaleras, sin hacer mucho ruido y con la mirada fija en la puerta. El timbre volvió a sonar. Abrió la puerta cuidadosamente, teniendo miedo de quién se encontraba al otro lado.
Y aquel chico, aquel chico se encontraba de pie, esperando mientras miraba la calle de un lado a otro. El chico giró la cabeza cuando escuchó el ruido de la puerta.
- Hola –saludó Charlie.
Evangeline se quedó unos segundos mirándole con los ojos entrecerrados, no podía creérselo, acaso ¿la había seguido?
- ¿Qué haces aquí? –preguntó, aun con el mismo gesto en su rostro.
- Solamente he venido a hablar sobre lo pasado esta tarde –dijo, ignorando el tono algo antipático de la voz de ella.
- No hay nada de que hablar, ha sido un accidente y ya está.
- Me gustaría discutir de eso contigo, pero prefiero hacerlo dentro de una casa que en el porche de ella –dijo él, señalando el interior de la casa con un movimiento de su cabeza.
Evangeline suspiró y abrió completamente la puerta, dejando que entrara y desapareció en la oscuridad de la casa.
Charlie se sorprendió de que todo estuviera tan oscuro, pero la luz apareció de pronto, con la velocidad de la subida de las persianas.
- Mi hermano estudia hasta tarde y ahora mismo está durmiendo, necesita oscuridad para dormir –dijo Evangeline, adelantándose a Charlie, suponiendo que su hermano estaba en su habitación.
- ¿Y necesita toda la casa?
- Sí y no tengo que darte un porqué –respondió con dureza mientras se sentaba en uno de los sillones. – Y bien, ¿de qué quieres discutir?
Charlie se sentó en el sofá y se inclinó hacia delante, para estar más cerca de Evangeline.
- Primero; espero no te enfades sobre la broma de las animadoras, son algo idiotas y no entran en razones y segundo; me gustaría saber porqué no le habías dicho la verdad a la directora.
- Primero; la verdad es que no me importa lo que me hagan y segundo; prefiero no tener problemas con esa clase de gente. Ahora seguro que me tendrán manía... no es que me importe mucho, pero prefiero ser invisible.
Evangeline se calló rápidamente, había hablado demasiado. Charlie frunció el ceño y se levantó el sofá. Se acercó a Evangeline hasta quedar peligrosamente cerca de ella, entre sus narices habían muy pocos centímetros.
- No te preocupes por las animadoras, conmigo estarás a salvo, –dijo con una sonrisa que derretiría a la chica más dura- y sobre lo de ser invisible, ya no creo que pueda ser.
Evangeline se sintió un poco incómoda al verle tan cerca de ella, apartando la mirada de su rostro, con la respiración algo agitada... ¿qué le ocurría? ¿Qué le pasaba? Se sentía muy extraña... no sabía como actuar.
Charlie tragó saliva y se acercó un poco más a ella, muy lentamente. Ella levantó la mirada y se encontró con él, todavía más cerca. No se pudo contener, posó bruscamente sus labios sobre los de él. Charlie se sorprendió de que fuera ella la que diera el paso, se dejó llevar, poniendo sus manos sobre su cintura y su cabello. Las manos de ella se encontraban en su hombro y en su cabello también. Apartó bruscamente su boca de la de él y bajó suavemente hasta llegar a su cuello. Tiró su aliento en él y abrió poco a poco su boca, acercándose, enseñando sus...
-¡¡No!! –gritó Evangeline, empujando a Charlie.
Evangeline se levantó del sillón y se dirigió a la ventana. Charlie se encontraba muy confuso. Se levantó y se acercó un poco a ella, tratando de calmarla.
- Será mejor que te vayas –espetó ella, dejándole petrificado en el sitio- por favor.
El chico se dirigió lentamente a la puerta, aun confundido, y mirándola. Se escuchó cómo chirriaba la puerta al cerrarse.
Evangeline puso sus manos encima de su rostro, ¿qué había estado a punto de hacerle? Estaba muy decepcionada con ella misma, no creía que fuera hacerlo, no a él. Sentía unos sentimientos algo extraños hacia ese chico... había estado apunto de... morderle.
Tras aquel beso... vino la oscuridad que la acechaba... su naturaleza la ponía contra la espada y la pared... hacía mucho que no cazaba.
El interior de su casa estaba todo oscuro y se escuchaban algunos ruidos de gente hablando y risas. Después escuchó la voz de su hermano.
- Están todos locos –murmuró Sebastian mientras miraba la tele.
- Hola, –saludó Evangeline al ver a su hermano en el sofá, cómo esa misma mañana- ¿te vas a dignar a salir fuera o te quedarás aquí?
- Saldré después, cuando sea de noche.
Evangeline puso los ojos en blanco y dejó caer su mochila a su lado, se sentó en el sofá y miró la tele sin observar nada.
- Nadie te obligaba a venirte conmigo. –Susurró ella.
- Era mi deber, como hermano mayor, y si no fuera por mí, no tendrías dinero.
- Podría ganarlo,-dijo levantando el volumen de voz un poco y girándose hacia su hermano- ... trabajando como hace la gente.
- Exacto, como hace la gente.
La habitación se llenó de un silencio algo incómodo que sólo lo rompía la televisión encendida.
Evangeline se levantó del sofá y se acercó a la ventana más próxima, cerrada con las cortinas y la persiana. Toda la casa estaba oscura menos por la leve luz del televisor.
- Creo que ya va siendo hora de que te acostumbres a la luz del sol...
- ¡Ni se te ocurra! –bramó Sebastian- ¡Cómo lo hagas...!
- ¡Es por tu bien! ¡Si no, nunca encajarás, ni te relacionarás!
- No lo necesitamos, al menos, con ellos no.
Los hermanos se miraron con el ceño fruncido hasta que la hermana se dignó y se fue escaleras arriba, a su habitación.
Se tumbó en su cama, con las sábanas perfectamente dobladas encima y se quedó allí, pensativa. Pensaba en aquel extraño chico y también pensaba en lo que había pasado aquel día. Ella sólo quería pasar desapercibida, ser “normal”, pero, tenía la sensación de que a partir de ese día no iba a ser igual.
En el instituto, Charlie se preparaba para la selección del nuevo equipo de fútbol. Se escuchaban gritos de algunos chicos en los pasillos, pero él se encontraba sólo en el vestuario. Estaba pensando mientras miraba a la nada, divagaba en los hechos ocurridos aquella mañana. Al pensar en Evangeline se sentía... feliz, sentía como unos deseos dentro de él, quería verla, tenía que verla. Ya tenía un plan y una excusa para verla.
Los gritos aumentaron y por la puerta del vestuario se asomó Mike.
- Tío, sal de aquí, que ya es la hora de la selección.
“Nunca más...”
Evangeline repitió en su cabeza aquellas palabras. Se recostó sobre la cama y dejó su ejemplar de “El cuervo” en su mesilla de noche. Poe era su escritor favorito, sus relatos la sacaban tanto de su mundo que olvidaba lo que era. La transportaban a su mundo y cuando acababa de leerlos, sentía como se “moría” y “revivía” en el mundo real. A veces deseaba que las historias nunca acabasen, pero era imposible. Estaba aún en su estado de “muerte” cuando escuchó un leve sonido. Tardó bastante en comprender de donde provenía aquel sonido. Su hermano se asomó a la puerta, alejándose de la luz que emanaba la ventana.
- Evangeline... han tocado el timbre.
¿Habían llamado? ¿Quién había llamado? Nunca nadie había llamado desde que se habían mudado hace 3 semanas. La gente huía de aquella casa, les daba miedo. Todas las puertas y ventanas cerradas, y sólo salía una persona de aquella casa. Los ancianos de los alrededores ya se inventaban historias cómo que ella había matado a toda su familia y tenía los cuerpos encerrados en la casa, lo bueno era que en aquella calle sólo vivían ancianos y no ningún alumnos del instituto que pudiera contar aquellas historias.
Evangeline bajó de su cama, descalza y bajó lentamente las escaleras, sin hacer mucho ruido y con la mirada fija en la puerta. El timbre volvió a sonar. Abrió la puerta cuidadosamente, teniendo miedo de quién se encontraba al otro lado.
Y aquel chico, aquel chico se encontraba de pie, esperando mientras miraba la calle de un lado a otro. El chico giró la cabeza cuando escuchó el ruido de la puerta.
- Hola –saludó Charlie.
Evangeline se quedó unos segundos mirándole con los ojos entrecerrados, no podía creérselo, acaso ¿la había seguido?
- ¿Qué haces aquí? –preguntó, aun con el mismo gesto en su rostro.
- Solamente he venido a hablar sobre lo pasado esta tarde –dijo, ignorando el tono algo antipático de la voz de ella.
- No hay nada de que hablar, ha sido un accidente y ya está.
- Me gustaría discutir de eso contigo, pero prefiero hacerlo dentro de una casa que en el porche de ella –dijo él, señalando el interior de la casa con un movimiento de su cabeza.
Evangeline suspiró y abrió completamente la puerta, dejando que entrara y desapareció en la oscuridad de la casa.
Charlie se sorprendió de que todo estuviera tan oscuro, pero la luz apareció de pronto, con la velocidad de la subida de las persianas.
- Mi hermano estudia hasta tarde y ahora mismo está durmiendo, necesita oscuridad para dormir –dijo Evangeline, adelantándose a Charlie, suponiendo que su hermano estaba en su habitación.
- ¿Y necesita toda la casa?
- Sí y no tengo que darte un porqué –respondió con dureza mientras se sentaba en uno de los sillones. – Y bien, ¿de qué quieres discutir?
Charlie se sentó en el sofá y se inclinó hacia delante, para estar más cerca de Evangeline.
- Primero; espero no te enfades sobre la broma de las animadoras, son algo idiotas y no entran en razones y segundo; me gustaría saber porqué no le habías dicho la verdad a la directora.
- Primero; la verdad es que no me importa lo que me hagan y segundo; prefiero no tener problemas con esa clase de gente. Ahora seguro que me tendrán manía... no es que me importe mucho, pero prefiero ser invisible.
Evangeline se calló rápidamente, había hablado demasiado. Charlie frunció el ceño y se levantó el sofá. Se acercó a Evangeline hasta quedar peligrosamente cerca de ella, entre sus narices habían muy pocos centímetros.
- No te preocupes por las animadoras, conmigo estarás a salvo, –dijo con una sonrisa que derretiría a la chica más dura- y sobre lo de ser invisible, ya no creo que pueda ser.
Evangeline se sintió un poco incómoda al verle tan cerca de ella, apartando la mirada de su rostro, con la respiración algo agitada... ¿qué le ocurría? ¿Qué le pasaba? Se sentía muy extraña... no sabía como actuar.
Charlie tragó saliva y se acercó un poco más a ella, muy lentamente. Ella levantó la mirada y se encontró con él, todavía más cerca. No se pudo contener, posó bruscamente sus labios sobre los de él. Charlie se sorprendió de que fuera ella la que diera el paso, se dejó llevar, poniendo sus manos sobre su cintura y su cabello. Las manos de ella se encontraban en su hombro y en su cabello también. Apartó bruscamente su boca de la de él y bajó suavemente hasta llegar a su cuello. Tiró su aliento en él y abrió poco a poco su boca, acercándose, enseñando sus...
-¡¡No!! –gritó Evangeline, empujando a Charlie.
Evangeline se levantó del sillón y se dirigió a la ventana. Charlie se encontraba muy confuso. Se levantó y se acercó un poco a ella, tratando de calmarla.
- Será mejor que te vayas –espetó ella, dejándole petrificado en el sitio- por favor.
El chico se dirigió lentamente a la puerta, aun confundido, y mirándola. Se escuchó cómo chirriaba la puerta al cerrarse.
Evangeline puso sus manos encima de su rostro, ¿qué había estado a punto de hacerle? Estaba muy decepcionada con ella misma, no creía que fuera hacerlo, no a él. Sentía unos sentimientos algo extraños hacia ese chico... había estado apunto de... morderle.
Tras aquel beso... vino la oscuridad que la acechaba... su naturaleza la ponía contra la espada y la pared... hacía mucho que no cazaba.
Capítulo 3 : Lios
Por fin era la hora del almuerzo. Todos los estudiantes habían salido corriendo de sus clases, teniendo por fin, un tiempo para comer, hablar o lo que sea. Se iban acercando todos a la cafetería, pidiendo algo de comer, o saliendo al exterior. Hacía muy buen día, como era normal en Jacksonville, la mayoría de los estudiantes salían a fuera para comer. Se reunían en pequeños grupos y charlaban, era lo típico.
Charlie se reencontró con sus amigos, cogieron el almuerzo (una gran montaña de comida pre-cocinada) y salieron a fuera. Les esperaban la mayor parte del equipo de futbol y bastantes animadoras, entre ellas, cómo no, Sophia, que mostró una sonrisa deslumbrante al verle. Llegaron cuando una conversación empezada.
- ¿Y qué me contáis de la nueva? –dijo Jack, el delantero chulito. Era un perfecto chaquetero (en torno a las chicas), cada semana, elegía a una “novia” cómo decía él, y poco después se deshacía de ella como el que tira un clinex a la basura. A Charlie le parecía un completo idiota. – Parece guapa, pero también algo rara.
- Y que lo digas. –dijo Sarah, la capitana de las animadoras, mientras se comía un trozo de zanahoria – Parece una gótica amargada... ¡y qué nombre que tiene! ¡Evangeline! ¡Parece del siglo pasado!
Tras ese comentario, todos los presentes se rieron, menos los tres recién llegados.
- ¿De qué habláis? –preguntó Dean mientras se sentaba en el suelo– Mejor dicho, ¿de quién?
- De la nueva, -respondió Sophia, con su sonrisa siempre acechando por su boca- Está en la clase de matemáticas de Sarah y Charlie.
Charlie se inmutó un poco al oír su nombre, pero, se sentó y siguió con sus pensamientos. En sus siguientes clases, biología e historia, no encontró a Evangeline y deseaba encontrarla, no sabía por qué, pero lo quería. Sentía, en su interior, una pequeña obsesión que estaba creciendo poco a poco. Seguía siendo una persona extraña para él y no quería que siguiera así, quería conocerla bien.
Las siguientes clases fueron tan aburridas como las demás. Charlie seguía sin encontrar a Evangeline en ninguna de ellas, al menos, en una de ellas estaba con Mike, pero en otra tuvo que soportar a Sophia.
Por fin, la última clase, gimnasia, era la única que le gustaba a Charlie y estaba con sus dos amigos. Fueron a los vestuarios para ponerse el chándal.
- Qué mierda... odio el instituto –comentó Dean mientras se quitaba la camiseta.
- Es el primer día y ya te quejas –dijo Mike entre risas.- Pero te tengo que decir que tienes razón... ¡qué clases más aburridas!
En ese momento pararon de hablar. Había un silencio algo incómodo en el aire. Charlie notó sus miradas encima suya.
- Tío...¿qué te pasa? –le preguntaron casi al unísono.
- Nada, nada, ¿porqué? –preguntó algo incómodo y avergonzado.
- Emm... pues que porque no has dicho casi ni una palabra desde por la mañana, antes de entrar al instituto y estás como... ido. –respondió Mike con un cierto tono de molestia en la voz.
Tenían razón, no se estaba comportando como normalmente. Él era más hablador, más espontáneo... y se estaba comportando... diferente. Se pasó una mano por el pelo y se levantó. Llevaba puesto los pantalones de chándal, pero aun llevaba su camiseta, se volvió a sus amigos y les mostró una pequeña sonrisa.
- Sé que estoy algo extraño, pero no es nada... sólo es por el primer día de clase. –dijo con algo de timidez,... intentando ocultar que era una mentira.
Salieron al gimnasio para el comienzo de la clase. Eran los últimos en llegar, como era normal, pero el profesor tampoco había legado. Charlie se estaba considerando algo afortunado en algunos sentidos aquel día.
La puerta del gimnasio se abrió y entró la última rezagada, aquella persona a la que esperaba Charlie. Por la puerta, entró Evangeline vestida con el chándal del instituto una camiseta blanca con unos pantalones rojos con una franja blanca, aunque, era algo más cortos y que los de las demás chicas... una broma de primer día. La camiseta le llegaba poco más de 5 cm del pecho y algo apretada y los pantalones le tapaban, más bien poco
Algunas chicas (todas animadoras) empezaron a reírse cuando entró por la puerta, pero les salió el tiro por la culata. Ella entró cómo si nada hubiera pasado e ignorando a todos los demás. Poco a poco, la gente de la clase se fue fijando en ella, los chicos se iban quedando con la boca abierta, no solo porque iba cubierta muy poco, también porque tenía un gran tatuaje que le cubría gran parte del muslo izquierdo.
Las animadoras se fueron callando y miraron enfadadas por la reacción de los chicos, las demás chicas se reían de las expresiones de las animadoras y sonreían a Evangeline, mientras los chicos se miraban entre ellos, hablaban en susurros o simplemente la miraban. Charlie se había quedado embobado, lo que más le sorprendió fue aquel enorme tatuaje que tenía en la pierna, era una especie de dragón negro muy extraño.
Evangeline se mostró algo avergonzada y fue a sentarse en un banquito, pero las miradas la seguían. Pronto, se escucharon bufidos de envidia de las demás chicas.
Charlie, suspiró y empezó a andar, dirigiéndose a aquel banquito. Sintió en su nuca las miradas de sus amigos, también las miradas de todas las demás personas del gimnasio, junto a sus susurros.
Cuando llegó enfrente de ella, se paró en seco y bajó la mirada. Evangeline le miraba confusa mientras él se iba quitando la camiseta sin dejarla de mirarla a los ojos, después, le extendió la camiseta delante de su cara.
- Anda, póntela –dijo, con una menuda sonrisa en sus labios.
Ella negó con la cabeza.
- No necesito tu caridad, me puedo zafar de las bromas yo sola.
Charlie suspiró fuertemente y se acercó un poco más a ella, para hablarle sin que los demás les escuchasen.
- Bueno, creo que a partir de ahora tendrás a unas cuantas personas que te seguirán... si prefieres tener una clase de gimnasia con miradas lascivas acechándote y susurros rodeándote, no cojas la camiseta...
Evangeline soltó un bufido y cogió bruscamente la camiseta que colgaban de sus manos.
Cuando se la iba a poner, la puerta del gimnasio se abrió de par en par, entrando una pequeña figura encogida y arrugada, era la secretaria Simpson.
Lo primero que vio la Simpson fue a Charlie y a Evangeline relativamente desnudos al su parecer. Empezó a ponerse colorada.
- ¡Ustedes! –gritó como una loca, señalándolos con su pequeño dedo arrugado- ¡Vayan ahora mismo al despacho de la directora!
Evangeline miró confusa a Charlie y se fue levantando poco a poco, aún con la camiseta de él en sus manos.
- Será mejor que nos demos algo de prisa antes de que se enfade maá... –le susurró Charlie, pero fue interrumpido por otro grito ametrallador.
- ¡¡Ahora es ahora!!
Los dos jóvenes salieron veloces del gimnasio, cerrando las puertas cuidadosamente mientras se escuchaban aun algunos chillidos de dentro.
- ¡Díos mío! ¡Vengo aquí, para decirles a los alumnos que su profesor tardaría en llegar y me encuentro con que los dos chiquillos estos estaban a punto de... tener relaciones pre-matrimoniales delante de todos!
Evangeline puso otra vez una cara de confusión, ¿relaciones pre-matrimoniales?
- Lo sé, está loca –comentó Charlie, sorprendiéndola, mientras se iba adelantando por los pasillos– es una monja retirada, por eso es así, saca conclusiones muy precipitadas. Si fuera por ella, este instituto sería de curas.
Evangeline se quedó pensativa, pero siguió andando, detrás de él. Charlie se pasó una mano por el pelo y gruñó. Ella se sorprendió un poco, y luego bajó la cabeza.
- Lo siento mucho...
Charlie se giró sorprendido. Entrecerró los ojos un poco.
- Tú no tienes la culpa, han sido las imbéciles ésas. Creo que ya no les queda ninguna neurona en la cabeza con tanto tiente y tantas extensiones.
Evangeline sonrió un poco pero rápidamente cambió la sonrisa por la misma cara de antes, pero él se dio cuenta.
- Lo malo es que si me castigan, creo que tendré que decirle adiós al fútbol. –Prosiguió y siguió caminando.
Ella no dijo nada, solamente le siguió.
Pasaron unos segundos en silencio, no era nada incómodo, pero había un poco de tensión por parte de Charlie, no sabía que podía pasar.
- Le explicaremos que ha sido un malentendido, seguro que nos comprende. –Dijo por fin Evangeline, mostrando esta vez su sonrisa.
- Gracias.
Mientras seguían el camino, (que era algo largo, ya que el despacho estaba a la otra punta del instituto), se fueron topando con otros alumnos que les miraban extrañados o embobados. Decidieron ignorar lo que pensaban y siguieron.
Al llegar al despacho, los dos suspiraron a la vez, pero no se dieron cuenta.
Charlie tocó la puerta. Se escuchó un “adelante” del interior y la abrió.
La directora Williams, de unos treinta y pico años, se encontraba en un despacho muy iluminado, rodeada de fotos enmarcadas, pequeños banderines y trofeos.
Para su sorpresa, la secretario Simpson se encontraba a su lado con una mirada llena de rabia.
Qué rápida es , pensó Evangeline.
- Ya se puede marchar –dijo la directora y la secretaria salió del despacho manteniendo aun esa mirada. – Chicos, sentaos... creo que lo que ha ocurrido aquí ha sido un malentendido.
A Charlie se le iluminaron los ojos al ver que no tenían que dar muchas explicaciones.
- Es cierto, ha sido un malentendido.
- Me gustaría escuchar vuestra versión. Confío plenamente en la señorita Simpson, pero en estos casos saca conclusiones muy precipitadas.
- Sí, señora, -comenzó Evangeline – es que, al parecer, mi chándal se había encogido y... –pero rápidamente fue interrumpida por Charlie.
- Ha sido una broma de unas chicas. -La chica le fulminó con la mirada, pero la ignoró- para ser más exactos, las animadoras de aquella clase.
La directora asintió levemente con la cabeza, abrió un cajón y miró unos papeles de dentro. Lo volvió a cerrar.
- Bueno, chicos, os podéis ir ya.
Los dos se miraron mutuamente, sorprendidos y alegres de que fuera tan poco y salieron del despacho.
- Creo que será mejor que volvamos y nos vistamos, -murmuró Evangeline y le devolvió la camiseta- ya casi debe de ser la hora de irse.
Charlie se reencontró con sus amigos, cogieron el almuerzo (una gran montaña de comida pre-cocinada) y salieron a fuera. Les esperaban la mayor parte del equipo de futbol y bastantes animadoras, entre ellas, cómo no, Sophia, que mostró una sonrisa deslumbrante al verle. Llegaron cuando una conversación empezada.
- ¿Y qué me contáis de la nueva? –dijo Jack, el delantero chulito. Era un perfecto chaquetero (en torno a las chicas), cada semana, elegía a una “novia” cómo decía él, y poco después se deshacía de ella como el que tira un clinex a la basura. A Charlie le parecía un completo idiota. – Parece guapa, pero también algo rara.
- Y que lo digas. –dijo Sarah, la capitana de las animadoras, mientras se comía un trozo de zanahoria – Parece una gótica amargada... ¡y qué nombre que tiene! ¡Evangeline! ¡Parece del siglo pasado!
Tras ese comentario, todos los presentes se rieron, menos los tres recién llegados.
- ¿De qué habláis? –preguntó Dean mientras se sentaba en el suelo– Mejor dicho, ¿de quién?
- De la nueva, -respondió Sophia, con su sonrisa siempre acechando por su boca- Está en la clase de matemáticas de Sarah y Charlie.
Charlie se inmutó un poco al oír su nombre, pero, se sentó y siguió con sus pensamientos. En sus siguientes clases, biología e historia, no encontró a Evangeline y deseaba encontrarla, no sabía por qué, pero lo quería. Sentía, en su interior, una pequeña obsesión que estaba creciendo poco a poco. Seguía siendo una persona extraña para él y no quería que siguiera así, quería conocerla bien.
Las siguientes clases fueron tan aburridas como las demás. Charlie seguía sin encontrar a Evangeline en ninguna de ellas, al menos, en una de ellas estaba con Mike, pero en otra tuvo que soportar a Sophia.
Por fin, la última clase, gimnasia, era la única que le gustaba a Charlie y estaba con sus dos amigos. Fueron a los vestuarios para ponerse el chándal.
- Qué mierda... odio el instituto –comentó Dean mientras se quitaba la camiseta.
- Es el primer día y ya te quejas –dijo Mike entre risas.- Pero te tengo que decir que tienes razón... ¡qué clases más aburridas!
En ese momento pararon de hablar. Había un silencio algo incómodo en el aire. Charlie notó sus miradas encima suya.
- Tío...¿qué te pasa? –le preguntaron casi al unísono.
- Nada, nada, ¿porqué? –preguntó algo incómodo y avergonzado.
- Emm... pues que porque no has dicho casi ni una palabra desde por la mañana, antes de entrar al instituto y estás como... ido. –respondió Mike con un cierto tono de molestia en la voz.
Tenían razón, no se estaba comportando como normalmente. Él era más hablador, más espontáneo... y se estaba comportando... diferente. Se pasó una mano por el pelo y se levantó. Llevaba puesto los pantalones de chándal, pero aun llevaba su camiseta, se volvió a sus amigos y les mostró una pequeña sonrisa.
- Sé que estoy algo extraño, pero no es nada... sólo es por el primer día de clase. –dijo con algo de timidez,... intentando ocultar que era una mentira.
Salieron al gimnasio para el comienzo de la clase. Eran los últimos en llegar, como era normal, pero el profesor tampoco había legado. Charlie se estaba considerando algo afortunado en algunos sentidos aquel día.
La puerta del gimnasio se abrió y entró la última rezagada, aquella persona a la que esperaba Charlie. Por la puerta, entró Evangeline vestida con el chándal del instituto una camiseta blanca con unos pantalones rojos con una franja blanca, aunque, era algo más cortos y que los de las demás chicas... una broma de primer día. La camiseta le llegaba poco más de 5 cm del pecho y algo apretada y los pantalones le tapaban, más bien poco
Algunas chicas (todas animadoras) empezaron a reírse cuando entró por la puerta, pero les salió el tiro por la culata. Ella entró cómo si nada hubiera pasado e ignorando a todos los demás. Poco a poco, la gente de la clase se fue fijando en ella, los chicos se iban quedando con la boca abierta, no solo porque iba cubierta muy poco, también porque tenía un gran tatuaje que le cubría gran parte del muslo izquierdo.
Las animadoras se fueron callando y miraron enfadadas por la reacción de los chicos, las demás chicas se reían de las expresiones de las animadoras y sonreían a Evangeline, mientras los chicos se miraban entre ellos, hablaban en susurros o simplemente la miraban. Charlie se había quedado embobado, lo que más le sorprendió fue aquel enorme tatuaje que tenía en la pierna, era una especie de dragón negro muy extraño.
Evangeline se mostró algo avergonzada y fue a sentarse en un banquito, pero las miradas la seguían. Pronto, se escucharon bufidos de envidia de las demás chicas.
Charlie, suspiró y empezó a andar, dirigiéndose a aquel banquito. Sintió en su nuca las miradas de sus amigos, también las miradas de todas las demás personas del gimnasio, junto a sus susurros.
Cuando llegó enfrente de ella, se paró en seco y bajó la mirada. Evangeline le miraba confusa mientras él se iba quitando la camiseta sin dejarla de mirarla a los ojos, después, le extendió la camiseta delante de su cara.
- Anda, póntela –dijo, con una menuda sonrisa en sus labios.
Ella negó con la cabeza.
- No necesito tu caridad, me puedo zafar de las bromas yo sola.
Charlie suspiró fuertemente y se acercó un poco más a ella, para hablarle sin que los demás les escuchasen.
- Bueno, creo que a partir de ahora tendrás a unas cuantas personas que te seguirán... si prefieres tener una clase de gimnasia con miradas lascivas acechándote y susurros rodeándote, no cojas la camiseta...
Evangeline soltó un bufido y cogió bruscamente la camiseta que colgaban de sus manos.
Cuando se la iba a poner, la puerta del gimnasio se abrió de par en par, entrando una pequeña figura encogida y arrugada, era la secretaria Simpson.
Lo primero que vio la Simpson fue a Charlie y a Evangeline relativamente desnudos al su parecer. Empezó a ponerse colorada.
- ¡Ustedes! –gritó como una loca, señalándolos con su pequeño dedo arrugado- ¡Vayan ahora mismo al despacho de la directora!
Evangeline miró confusa a Charlie y se fue levantando poco a poco, aún con la camiseta de él en sus manos.
- Será mejor que nos demos algo de prisa antes de que se enfade maá... –le susurró Charlie, pero fue interrumpido por otro grito ametrallador.
- ¡¡Ahora es ahora!!
Los dos jóvenes salieron veloces del gimnasio, cerrando las puertas cuidadosamente mientras se escuchaban aun algunos chillidos de dentro.
- ¡Díos mío! ¡Vengo aquí, para decirles a los alumnos que su profesor tardaría en llegar y me encuentro con que los dos chiquillos estos estaban a punto de... tener relaciones pre-matrimoniales delante de todos!
Evangeline puso otra vez una cara de confusión, ¿relaciones pre-matrimoniales?
- Lo sé, está loca –comentó Charlie, sorprendiéndola, mientras se iba adelantando por los pasillos– es una monja retirada, por eso es así, saca conclusiones muy precipitadas. Si fuera por ella, este instituto sería de curas.
Evangeline se quedó pensativa, pero siguió andando, detrás de él. Charlie se pasó una mano por el pelo y gruñó. Ella se sorprendió un poco, y luego bajó la cabeza.
- Lo siento mucho...
Charlie se giró sorprendido. Entrecerró los ojos un poco.
- Tú no tienes la culpa, han sido las imbéciles ésas. Creo que ya no les queda ninguna neurona en la cabeza con tanto tiente y tantas extensiones.
Evangeline sonrió un poco pero rápidamente cambió la sonrisa por la misma cara de antes, pero él se dio cuenta.
- Lo malo es que si me castigan, creo que tendré que decirle adiós al fútbol. –Prosiguió y siguió caminando.
Ella no dijo nada, solamente le siguió.
Pasaron unos segundos en silencio, no era nada incómodo, pero había un poco de tensión por parte de Charlie, no sabía que podía pasar.
- Le explicaremos que ha sido un malentendido, seguro que nos comprende. –Dijo por fin Evangeline, mostrando esta vez su sonrisa.
- Gracias.
Mientras seguían el camino, (que era algo largo, ya que el despacho estaba a la otra punta del instituto), se fueron topando con otros alumnos que les miraban extrañados o embobados. Decidieron ignorar lo que pensaban y siguieron.
Al llegar al despacho, los dos suspiraron a la vez, pero no se dieron cuenta.
Charlie tocó la puerta. Se escuchó un “adelante” del interior y la abrió.
La directora Williams, de unos treinta y pico años, se encontraba en un despacho muy iluminado, rodeada de fotos enmarcadas, pequeños banderines y trofeos.
Para su sorpresa, la secretario Simpson se encontraba a su lado con una mirada llena de rabia.
Qué rápida es , pensó Evangeline.
- Ya se puede marchar –dijo la directora y la secretaria salió del despacho manteniendo aun esa mirada. – Chicos, sentaos... creo que lo que ha ocurrido aquí ha sido un malentendido.
A Charlie se le iluminaron los ojos al ver que no tenían que dar muchas explicaciones.
- Es cierto, ha sido un malentendido.
- Me gustaría escuchar vuestra versión. Confío plenamente en la señorita Simpson, pero en estos casos saca conclusiones muy precipitadas.
- Sí, señora, -comenzó Evangeline – es que, al parecer, mi chándal se había encogido y... –pero rápidamente fue interrumpida por Charlie.
- Ha sido una broma de unas chicas. -La chica le fulminó con la mirada, pero la ignoró- para ser más exactos, las animadoras de aquella clase.
La directora asintió levemente con la cabeza, abrió un cajón y miró unos papeles de dentro. Lo volvió a cerrar.
- Bueno, chicos, os podéis ir ya.
Los dos se miraron mutuamente, sorprendidos y alegres de que fuera tan poco y salieron del despacho.
- Creo que será mejor que volvamos y nos vistamos, -murmuró Evangeline y le devolvió la camiseta- ya casi debe de ser la hora de irse.
Capítulo 2 : Ella
- ¿Quién es esa? –le preguntó Charlie a sus amigos.
La chica a la que señalaba estaba apartada de todos, apoyada en una parte de la pared de la puerta principal. Nadie se fijaba en ella y ella no se fijaba en nadie. Era de estatura mediana y no era ni flaca ni gorda, tenía el pelo tan negro como el suyo, liso y largo, aunque con algunas mechas rojas e iba vestida de negro completamente. Cualquier persona habría dicho que era una chica normal, pero su palidez y sus prominentes ojeras le hacían parecer enferma. Él la miraba fijamente. En ese momento, ella levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Ella tenía los ojos verdes oscuros y no expresaban emoción alguna, estaban como... apagados, sin luz ni vida.
En aquel momento, la campana devolvió a Charlie a la realidad. La misteriosa chica se irguió y se dirigió al edificio. Intentó seguirla, pero todo el mundo estaba entrando a la vez y no le dejaban avanzar.
Se quedó allí plantado hasta que se dispersó la gente y suspiró. Notó unos golpecitos en el hombro y se giró, era Mike.
- Ya es hora de que entremos, o llegaremos muy tarde. –dijo con tono de despreocupación pero a Charlie le impacientó. “Tarde”... ¡no podía llegar tarde!
- ¡Vamos! ¡No puedo llegar tarde! –dijo y disparado hasta dentro del instituto. No recordaba que clase tenía en ese momento, así que intentó sacar el horario de su mochila. La cremallera se atascó y zarandeó la mochila hasta que la cremallera se abrió. Rebuscó rápidamente mientras escuchaba a los último rezagados entrar en las clases y a sus amigos detrás de él.
Él seguía buscando pero no lo encontraba. Escuchó como alguien carraspeaba. Levantó la cabeza y vio una mano fina, pálida y con las uñas pintadas de negro que le tendía una papel, era su horario. Charlie cogió el horario y levantó la cabeza un poco más para ver su rostro, pero la chica se giró bruscamente y se fue corriendo a la puerta más cercana.
- Gra... cias. –dijo allí plantado, en medio del pasillo. Distinguió aquel pelo, era el de la chica de la entrada, la chica de la piel pálida y enfermiza.
Cuando volvió a la realidad, recordó que tenía que ir lo más rápido a clase, seguro que el profesor ya estaba allí, plantado en medio de la clase para echarle la bronca.
Y por casualidad del destino, la clase a la que tenía que ir era la más cercana... la clase a dónde la chica misteriosa había entrado. Se acercó a la puerta y miró a través del cristal, todos los alumnos estaban levantados y hablando entre ellos, eso significaba que el profesor no había legado aún. Suspiró, aliviado y abrió la puerta con gran ímpetu. Pasó por todos los pupitres hasta que llegó al único vacío que había en clase, al fondo. Mientras pasaba, se escuchaban murmullos y risitas de las chicas, otras, lo miraban embobadas. Todas las chicas de la clase hicieron una de esas dos reacciones, todas menos una.
Charlie se sentó en el único pupitre libre y miró a su alrededor, había algunos conocidos suyos, pero ningún amigo a la vista. Se dedicó a buscar a la chica misteriosa, se asomó para ver las mesas delanteras pero no la vio. La encontró, por un giro casual de su cabeza, a su lado, en la esquina del fondo de la clase. No se había dado cuenta de que estaba allí, era la única persona, aparte de él, que no estaba hablando con nadie.
Se quedó observándola un minuto entero. Se escuchaban bufidos envidiosos de las demás chicas que estaban observándole. Pero cuando el profesor entró por la puerta, todos fueron veloces a sus asientos y se callaron, aunque la mayoría seguía hablando por susurros. Charlie giró la cabeza rápidamente y observó a su profesor de matemáticas.
Llevaba la cabeza cubierta con una horrible gorra y una pajarita en su cuello a conjunto, también llevaba una camisa a cuadros y unos pantalones caídos. Cómo no, era el profesor Marshall. Aquel profesor, todos los primeros días del curso se vestía de “rapero” para, cómo decía él, “tener mayor contacto con los alumnos y comprenderlos mejor”. Charlie recordó el primer día de instituto, cuando le dio un ataque de risa al verlo.
- Bienvenidos, alumnos míos, al nuevo curso. Cómo la mayoría sabréis, soy el profesor Marshall, -dijo, cogiendo un papel que tenía encima del escritorio- pero veo que tenemos una nueva alumna, ¿quieres levantarte y venir aquí, eem... Evangeline?
La chica misteriosa se levantó con desgana de su asiento en el fondo de la clase. Todos giraron la cabeza para observar a la nueva alumna. Todos los ojos la miraron mientras llegaba al lado del profesor.
Se quedó allí, plantada mientras un silencio incómodo pasaba por el aula. Evangeline giró la cabeza a Marshall.
- ¿Qué tengo que decir? –susurró. Su voz era dulce, parecía haber salido de una diminuta muñequita de porcelana.
- Pues, lo que sea,... cómo te llamas, de dónde vienes, tus gustos,... y oye, ¿te gusta el rap? –dijo, moviendo los brazos imitando a un rapero.
Evangeline suspiró, algo impaciente.
- Mi nombre es Evangeline Wells, nací en Inglaterra, pero vine de Chicago y no me gusta el rap. –Dijo esto último mirando a Marshall y se fue a su asiento rápidamente. Seguidamente, volvió a su asiento mientras habían miradas y cuchicheos. Marshall carraspeó y empezó con su clase de matemáticas.
La clase pasó lenta y aburrida, era un martirio tener matemáticas un lunes a primera hora. Charlie intentó ponerle toda su atención a la clase, pero, su mirada a veces se desviaba a Evangeline. Ella le pillaba siempre mirándola y él giraba rápidamente la cabeza, como si no hubiera ocurrido nada de nada.
Cuando el timbre sonó, todos salieron corriendo a la clase siguiente. Una chica se quedó en la puerta, era Sophia, una animadora que estaba colada por Charlie (como otras muchas) pero, ella tenía más excusas para acercarse a él.
Le paró cuando estaba saliendo de clase. Charlie no se había dado cuenta que estaba Sophia también en su clase, y al verla, se impresionó tanto que dio un respingo. Sophia fingió no haberlo visto.
- Charliee... vienes a la prueba de hoy, ¿no?
- Claro, yo tengo que dirigir las pruebas. –Dijo mientras miraba al interior de la clase, dónde aún estaba Evangeline, dibujando en su cuaderno. –Oye, nos vemos esta tarde, ¿vale? Sophia asintió y se fue dando saltitos hasta sus amigas, feliz de que le hubiera hablado, mientras Charlie se adentraba en la clase, feliz de haberse librado de ella y por poder hablar con la chica misteriosa.
Evangeline hacia garabatos en su cuaderno cuando el chico al que había pillado mirándole varias veces se acercaba a ella. El mismo chico que se fijó en ella en la entrada del instituto y el mismo chico al que le había dado aquel papel que se le cayó.
El chico estaba sonriente... no sabía que quería... pero sería mejor que no se acercase. Evangeline recogió su cuaderno y se levantó, para salir velozmente por la puerta. Charlie confuso, se puso delante de ella, cerrándole el paso. No quería parecer cruel, pero, tenía la sensación que se iba a ir pitando de allí.
Evangeline habló sin levantar la cabeza.
- Perdona, si fueras tan amable de apartarte, quizá llegaría pronto a la siguiente clase.
Él siguió allí parado.
- Sólo quería agradecerte lo de antes.
- ¿El qué? –preguntó Evangeline, haciéndose la tonta.
- Lo de darme mi horario. Si no hubiese sido por ti, ahora estaría o castigado o aun rondando por los pasillos.
Evangeline hizo un gesto con la mano, para quitarle importancia. Subió la cabeza un poco, pero fue un error. Sus ojos se encontraron, ella miró el rostro de él de hito a hito, era realmente bello, no guapo, si no bello y las demás chicas no se habían dado cuenta. Tenía los ojos color océano y hacían que te sumergieras en ellos. Por su cuerpo pasó una extraña sensación, se asustó y salió corriendo de la clase.
Charlie se quedó allí plantado, confuso.
La chica a la que señalaba estaba apartada de todos, apoyada en una parte de la pared de la puerta principal. Nadie se fijaba en ella y ella no se fijaba en nadie. Era de estatura mediana y no era ni flaca ni gorda, tenía el pelo tan negro como el suyo, liso y largo, aunque con algunas mechas rojas e iba vestida de negro completamente. Cualquier persona habría dicho que era una chica normal, pero su palidez y sus prominentes ojeras le hacían parecer enferma. Él la miraba fijamente. En ese momento, ella levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Ella tenía los ojos verdes oscuros y no expresaban emoción alguna, estaban como... apagados, sin luz ni vida.
En aquel momento, la campana devolvió a Charlie a la realidad. La misteriosa chica se irguió y se dirigió al edificio. Intentó seguirla, pero todo el mundo estaba entrando a la vez y no le dejaban avanzar.
Se quedó allí plantado hasta que se dispersó la gente y suspiró. Notó unos golpecitos en el hombro y se giró, era Mike.
- Ya es hora de que entremos, o llegaremos muy tarde. –dijo con tono de despreocupación pero a Charlie le impacientó. “Tarde”... ¡no podía llegar tarde!
- ¡Vamos! ¡No puedo llegar tarde! –dijo y disparado hasta dentro del instituto. No recordaba que clase tenía en ese momento, así que intentó sacar el horario de su mochila. La cremallera se atascó y zarandeó la mochila hasta que la cremallera se abrió. Rebuscó rápidamente mientras escuchaba a los último rezagados entrar en las clases y a sus amigos detrás de él.
Él seguía buscando pero no lo encontraba. Escuchó como alguien carraspeaba. Levantó la cabeza y vio una mano fina, pálida y con las uñas pintadas de negro que le tendía una papel, era su horario. Charlie cogió el horario y levantó la cabeza un poco más para ver su rostro, pero la chica se giró bruscamente y se fue corriendo a la puerta más cercana.
- Gra... cias. –dijo allí plantado, en medio del pasillo. Distinguió aquel pelo, era el de la chica de la entrada, la chica de la piel pálida y enfermiza.
Cuando volvió a la realidad, recordó que tenía que ir lo más rápido a clase, seguro que el profesor ya estaba allí, plantado en medio de la clase para echarle la bronca.
Y por casualidad del destino, la clase a la que tenía que ir era la más cercana... la clase a dónde la chica misteriosa había entrado. Se acercó a la puerta y miró a través del cristal, todos los alumnos estaban levantados y hablando entre ellos, eso significaba que el profesor no había legado aún. Suspiró, aliviado y abrió la puerta con gran ímpetu. Pasó por todos los pupitres hasta que llegó al único vacío que había en clase, al fondo. Mientras pasaba, se escuchaban murmullos y risitas de las chicas, otras, lo miraban embobadas. Todas las chicas de la clase hicieron una de esas dos reacciones, todas menos una.
Charlie se sentó en el único pupitre libre y miró a su alrededor, había algunos conocidos suyos, pero ningún amigo a la vista. Se dedicó a buscar a la chica misteriosa, se asomó para ver las mesas delanteras pero no la vio. La encontró, por un giro casual de su cabeza, a su lado, en la esquina del fondo de la clase. No se había dado cuenta de que estaba allí, era la única persona, aparte de él, que no estaba hablando con nadie.
Se quedó observándola un minuto entero. Se escuchaban bufidos envidiosos de las demás chicas que estaban observándole. Pero cuando el profesor entró por la puerta, todos fueron veloces a sus asientos y se callaron, aunque la mayoría seguía hablando por susurros. Charlie giró la cabeza rápidamente y observó a su profesor de matemáticas.
Llevaba la cabeza cubierta con una horrible gorra y una pajarita en su cuello a conjunto, también llevaba una camisa a cuadros y unos pantalones caídos. Cómo no, era el profesor Marshall. Aquel profesor, todos los primeros días del curso se vestía de “rapero” para, cómo decía él, “tener mayor contacto con los alumnos y comprenderlos mejor”. Charlie recordó el primer día de instituto, cuando le dio un ataque de risa al verlo.
- Bienvenidos, alumnos míos, al nuevo curso. Cómo la mayoría sabréis, soy el profesor Marshall, -dijo, cogiendo un papel que tenía encima del escritorio- pero veo que tenemos una nueva alumna, ¿quieres levantarte y venir aquí, eem... Evangeline?
La chica misteriosa se levantó con desgana de su asiento en el fondo de la clase. Todos giraron la cabeza para observar a la nueva alumna. Todos los ojos la miraron mientras llegaba al lado del profesor.
Se quedó allí, plantada mientras un silencio incómodo pasaba por el aula. Evangeline giró la cabeza a Marshall.
- ¿Qué tengo que decir? –susurró. Su voz era dulce, parecía haber salido de una diminuta muñequita de porcelana.
- Pues, lo que sea,... cómo te llamas, de dónde vienes, tus gustos,... y oye, ¿te gusta el rap? –dijo, moviendo los brazos imitando a un rapero.
Evangeline suspiró, algo impaciente.
- Mi nombre es Evangeline Wells, nací en Inglaterra, pero vine de Chicago y no me gusta el rap. –Dijo esto último mirando a Marshall y se fue a su asiento rápidamente. Seguidamente, volvió a su asiento mientras habían miradas y cuchicheos. Marshall carraspeó y empezó con su clase de matemáticas.
La clase pasó lenta y aburrida, era un martirio tener matemáticas un lunes a primera hora. Charlie intentó ponerle toda su atención a la clase, pero, su mirada a veces se desviaba a Evangeline. Ella le pillaba siempre mirándola y él giraba rápidamente la cabeza, como si no hubiera ocurrido nada de nada.
Cuando el timbre sonó, todos salieron corriendo a la clase siguiente. Una chica se quedó en la puerta, era Sophia, una animadora que estaba colada por Charlie (como otras muchas) pero, ella tenía más excusas para acercarse a él.
Le paró cuando estaba saliendo de clase. Charlie no se había dado cuenta que estaba Sophia también en su clase, y al verla, se impresionó tanto que dio un respingo. Sophia fingió no haberlo visto.
- Charliee... vienes a la prueba de hoy, ¿no?
- Claro, yo tengo que dirigir las pruebas. –Dijo mientras miraba al interior de la clase, dónde aún estaba Evangeline, dibujando en su cuaderno. –Oye, nos vemos esta tarde, ¿vale? Sophia asintió y se fue dando saltitos hasta sus amigas, feliz de que le hubiera hablado, mientras Charlie se adentraba en la clase, feliz de haberse librado de ella y por poder hablar con la chica misteriosa.
Evangeline hacia garabatos en su cuaderno cuando el chico al que había pillado mirándole varias veces se acercaba a ella. El mismo chico que se fijó en ella en la entrada del instituto y el mismo chico al que le había dado aquel papel que se le cayó.
El chico estaba sonriente... no sabía que quería... pero sería mejor que no se acercase. Evangeline recogió su cuaderno y se levantó, para salir velozmente por la puerta. Charlie confuso, se puso delante de ella, cerrándole el paso. No quería parecer cruel, pero, tenía la sensación que se iba a ir pitando de allí.
Evangeline habló sin levantar la cabeza.
- Perdona, si fueras tan amable de apartarte, quizá llegaría pronto a la siguiente clase.
Él siguió allí parado.
- Sólo quería agradecerte lo de antes.
- ¿El qué? –preguntó Evangeline, haciéndose la tonta.
- Lo de darme mi horario. Si no hubiese sido por ti, ahora estaría o castigado o aun rondando por los pasillos.
Evangeline hizo un gesto con la mano, para quitarle importancia. Subió la cabeza un poco, pero fue un error. Sus ojos se encontraron, ella miró el rostro de él de hito a hito, era realmente bello, no guapo, si no bello y las demás chicas no se habían dado cuenta. Tenía los ojos color océano y hacían que te sumergieras en ellos. Por su cuerpo pasó una extraña sensación, se asustó y salió corriendo de la clase.
Charlie se quedó allí plantado, confuso.
Capítulo 1 : Bienvenidos
Y en ese momento sonó aquel terrible sonido que odiaban todos y cada uno de las personas, más aún los estudiantes. Sonó el despertador. Charlie soltó un leve gruñido debajo de su almohada. Estaba tumbado en la cama, destapado, sin camiseta y con los vaqueros y las zapatillas del día anterior (o mejor dicho, de aquel día a la madrugada) que no se quitó. Se levantó poco a poco con desgana de la cama. Sin llegar a ponerse recto, se volvió a echar encima.
John se desesperaba. Subió a gran velocidad las escaleras hacia la habitación de su hijo. Aporreó sonoramente la puerta.
- ¡Charlie, levántate ya! –rugió desde fuera. Charlie no emitió sonido alguno.
Volvió a aporrear la puerta otra vez. Llegaban tarde. Marie subió las escaleras para ver de dónde venía el barullo. La hermana menor de Charlie, aun con la tostada en la boca, miró a su padre en pleno estado de furia.
- Tranquilízate papá, -dijo la niña tocándole el brazo para que se calmara – yo me encargo.
John miró a Marie. Aun teniendo 11 años la niña era más madura que su padre. Marie abrió poco a poco la puerta y se adentró en el desorden y la suciedad de la habitación de su hermano. Se tapó la nariz con teatralidad y se acercó a la cama de Charlie. Él seguía roncando.
Marie miró a su alrededor y tuvo una idea. Cogió el vaso que había en la mesilla de noche de Charlie y se lo tiró por la cabeza. Charlie se levantó desconcertado y asustado y descubrió que su hermana estaba delante suya, con una sonrisa de satisfacción.
- Venga que ya es tarde. –Dijo mientras se giraba a la puerta y sonreía a su padre con éxito.
Charlie salió por la puerta con una tostada en la boca. Se despidió de su familia con un desganado movimiento de su mano. Su padre llevaba a Marie al colegio con el coche. Marie había bajado la ventanilla y había sacado la cabeza. Su fino y ondulado pelo color caramelo se movía al son del viento. Su padre también bajó la ventanilla y aspiró el aire de fuera. Su pelo, en cambio era negro como el carbón, como el de su hijo.
Charlie aligeró un poco más el paso. No quería llegar tarde el primer día y que los profesores le tuvieran manía, como le pasó el año anterior. Este año tenía que sacar mejores notas, no quería quedarse sin poder jugar en el equipo de fútbol. Recordó las palabras de su padre: “si no sacas al menos un 7, no jugarás más al fútbol, ¿queda claro?”. Suspiró ante el recuerdo. Su padre no era duro ni malvado, pero si lo pillabas en mal día te podía castigar incluso 3 meses por una tontería. Zarandeó su cabeza, no se tenía que preocupar. Sólo tenía que estudiar un poco más y ya está, podría seguir saliendo con sus amigos.
Ya se acercaba al instituto, empezaba a ver caras conocidas y desconocidas. Algunos chicos le saludaban, algunas chicas le miraban con ojos expectantes y otros, sencillamente, le ignoraban, eso era lo que tenía ser el capitán del equipo de fútbol.
Vio a Dean, uno de sus mejores amigos, dirigirse a él corriendo. Le saludó y se dieron un abrazo, hacía semanas que no se veían.
- ¿Qué tal las vacaciones, tío? –Dijo dándole un codazo en el estómago- ¿has conocido alguna tía en Inglaterra? Charlie le dio un pequeño puñetazo en el hombro. Dean sabía muy bien el éxito que tenía Charlie con las chicas, era alto, fuerte, guapo y tenía unos ojos azules que destacaban mucho con el color oscuro de su pelo. Aunque, Dean tampoco se quedaba atrás, era algo más musculoso que Charlie y más bajo, pero era realmente guapo a la vista de cualquier chica. Los dos amigos se dirigieron al instituto contándose las cosas que habían ocurrido el tiempo que no se habían visto y preguntándose. La mayoría de preguntas eran inocentes o divertidas, pero uno de ellas descolocó a Charlie.
- ¿Y... qué tal tu madre? –preguntó Dean con un simple susurro. Rápidamente, Dean cambió de tema para que no contestara.- Mira, ya casi hemos llegado... es una mierda volver al instituto, ¿verdad?
Charlie sonrió ante la atención de su amigo. Hubo un silencio incómodo que duró unos segundos, era como la calma antes de la tormenta... en ese momento, apareció la persona con la que Charlie no quería encontrarse.
- ¡Mierda! –gritó.
- ¿Qué ocurre? –preguntó Dean mirando a todos lados. Cuando sus ojos la encontraron, tiró de Charlie y lo llevó a unos matorrales.
Detrás de los matorrales estaban escondidos los dos amigos, mientras una chica de figura esbelta y rubia pasaba enfrente de ellos...
- Uff... menos mal que no te ha visto. –suspiró Dean y se relajó.- ¿Crees que se habrá olvidado?
- Pues... no creo, las exnovias son muy rencorosas, y más aun Violet.
Los dos chicos se levantaron y se limpiaron los pantalones. Una voz les sorprendió desde atrás.
- ¿Qué hacíais los dos en esos matorrales? –preguntó una voz masculina. Charlie se tiró al suelo del alivio.
- Tío, Mike, menos mal que eres tú.
- Sí, menos mal que no era Violet, ¿eh? He visto como os escondíais de ella.
- Sí... y sobre lo de Violet... ¿sigue enfadada? –preguntó Charlie. Mike era el hermanastro de Violet. No se llevaban muy bien, él pensaba que era una creída estirada, y tenía razón.
Mike era también miembro del equipo de fútbol, concretamente el portero. Tenía el pelo castaño y de punta y como sus amigos, atraía a muchas chicas.
- Intenta disimularlo, pero está más que furiosa.
Dean y Mike ayudaron a Charlie a levantarse.
Ya había mucha gente en el West High. Los alumnos se reunían en grupos y charlaban animadamente antes de que tocara la campana para que todos entraran y comenzara el primera día de clase. Los tres amigos pasaron por miradas, saludos y griteríos. Los tres miembros del equipo de fútbol, fuertes y guapos. El capitán se dio cuenta de una cosa. Allí, entre el barullo de gente había una chica, estaba sola y apartada de los demás. No le sonaba de nada, ¿sería una alumna nueva?
Le entró un cosquilleó por la columna vertebral.
- ¿Quién es esa? –le preguntó a sus amigos, señalándola.
John se desesperaba. Subió a gran velocidad las escaleras hacia la habitación de su hijo. Aporreó sonoramente la puerta.
- ¡Charlie, levántate ya! –rugió desde fuera. Charlie no emitió sonido alguno.
Volvió a aporrear la puerta otra vez. Llegaban tarde. Marie subió las escaleras para ver de dónde venía el barullo. La hermana menor de Charlie, aun con la tostada en la boca, miró a su padre en pleno estado de furia.
- Tranquilízate papá, -dijo la niña tocándole el brazo para que se calmara – yo me encargo.
John miró a Marie. Aun teniendo 11 años la niña era más madura que su padre. Marie abrió poco a poco la puerta y se adentró en el desorden y la suciedad de la habitación de su hermano. Se tapó la nariz con teatralidad y se acercó a la cama de Charlie. Él seguía roncando.
Marie miró a su alrededor y tuvo una idea. Cogió el vaso que había en la mesilla de noche de Charlie y se lo tiró por la cabeza. Charlie se levantó desconcertado y asustado y descubrió que su hermana estaba delante suya, con una sonrisa de satisfacción.
- Venga que ya es tarde. –Dijo mientras se giraba a la puerta y sonreía a su padre con éxito.
Charlie salió por la puerta con una tostada en la boca. Se despidió de su familia con un desganado movimiento de su mano. Su padre llevaba a Marie al colegio con el coche. Marie había bajado la ventanilla y había sacado la cabeza. Su fino y ondulado pelo color caramelo se movía al son del viento. Su padre también bajó la ventanilla y aspiró el aire de fuera. Su pelo, en cambio era negro como el carbón, como el de su hijo.
Charlie aligeró un poco más el paso. No quería llegar tarde el primer día y que los profesores le tuvieran manía, como le pasó el año anterior. Este año tenía que sacar mejores notas, no quería quedarse sin poder jugar en el equipo de fútbol. Recordó las palabras de su padre: “si no sacas al menos un 7, no jugarás más al fútbol, ¿queda claro?”. Suspiró ante el recuerdo. Su padre no era duro ni malvado, pero si lo pillabas en mal día te podía castigar incluso 3 meses por una tontería. Zarandeó su cabeza, no se tenía que preocupar. Sólo tenía que estudiar un poco más y ya está, podría seguir saliendo con sus amigos.
Ya se acercaba al instituto, empezaba a ver caras conocidas y desconocidas. Algunos chicos le saludaban, algunas chicas le miraban con ojos expectantes y otros, sencillamente, le ignoraban, eso era lo que tenía ser el capitán del equipo de fútbol.
Vio a Dean, uno de sus mejores amigos, dirigirse a él corriendo. Le saludó y se dieron un abrazo, hacía semanas que no se veían.
- ¿Qué tal las vacaciones, tío? –Dijo dándole un codazo en el estómago- ¿has conocido alguna tía en Inglaterra? Charlie le dio un pequeño puñetazo en el hombro. Dean sabía muy bien el éxito que tenía Charlie con las chicas, era alto, fuerte, guapo y tenía unos ojos azules que destacaban mucho con el color oscuro de su pelo. Aunque, Dean tampoco se quedaba atrás, era algo más musculoso que Charlie y más bajo, pero era realmente guapo a la vista de cualquier chica. Los dos amigos se dirigieron al instituto contándose las cosas que habían ocurrido el tiempo que no se habían visto y preguntándose. La mayoría de preguntas eran inocentes o divertidas, pero uno de ellas descolocó a Charlie.
- ¿Y... qué tal tu madre? –preguntó Dean con un simple susurro. Rápidamente, Dean cambió de tema para que no contestara.- Mira, ya casi hemos llegado... es una mierda volver al instituto, ¿verdad?
Charlie sonrió ante la atención de su amigo. Hubo un silencio incómodo que duró unos segundos, era como la calma antes de la tormenta... en ese momento, apareció la persona con la que Charlie no quería encontrarse.
- ¡Mierda! –gritó.
- ¿Qué ocurre? –preguntó Dean mirando a todos lados. Cuando sus ojos la encontraron, tiró de Charlie y lo llevó a unos matorrales.
Detrás de los matorrales estaban escondidos los dos amigos, mientras una chica de figura esbelta y rubia pasaba enfrente de ellos...
- Uff... menos mal que no te ha visto. –suspiró Dean y se relajó.- ¿Crees que se habrá olvidado?
- Pues... no creo, las exnovias son muy rencorosas, y más aun Violet.
Los dos chicos se levantaron y se limpiaron los pantalones. Una voz les sorprendió desde atrás.
- ¿Qué hacíais los dos en esos matorrales? –preguntó una voz masculina. Charlie se tiró al suelo del alivio.
- Tío, Mike, menos mal que eres tú.
- Sí, menos mal que no era Violet, ¿eh? He visto como os escondíais de ella.
- Sí... y sobre lo de Violet... ¿sigue enfadada? –preguntó Charlie. Mike era el hermanastro de Violet. No se llevaban muy bien, él pensaba que era una creída estirada, y tenía razón.
Mike era también miembro del equipo de fútbol, concretamente el portero. Tenía el pelo castaño y de punta y como sus amigos, atraía a muchas chicas.
- Intenta disimularlo, pero está más que furiosa.
Dean y Mike ayudaron a Charlie a levantarse.
Ya había mucha gente en el West High. Los alumnos se reunían en grupos y charlaban animadamente antes de que tocara la campana para que todos entraran y comenzara el primera día de clase. Los tres amigos pasaron por miradas, saludos y griteríos. Los tres miembros del equipo de fútbol, fuertes y guapos. El capitán se dio cuenta de una cosa. Allí, entre el barullo de gente había una chica, estaba sola y apartada de los demás. No le sonaba de nada, ¿sería una alumna nueva?
Le entró un cosquilleó por la columna vertebral.
- ¿Quién es esa? –le preguntó a sus amigos, señalándola.
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